Un semáforo en rojo. Se detuvo sin pensar. Como siempre. Como en todo.
El pie en e freno. Las manos sobre el volante apenas golpeándolo ligeramente con la llama de sus dedos.
Ya estaba cansado y apenas había comenzado su turno de noche con su viejo taxi de 2015. No se había estrenado. La caja vacía. Nadie le doy el alto. Nadie lo reclamó aquella noche. Nadie lo vio.
Como ensimismado, la mirada en alto hacia aquella luz roja que le impedía el paso.
Esperó. Los segundos pasaron. Luego los minutos. Después la espera comenzó a volverse oscura, espesa, algo inquietante.
La ciudad se mantenía viva. Coches que iluminaban las calles. Gente que reía de aquí para allá. Grises sombras marchando a un tiempo diferente al que él sentía.
Debería ser todo como cualquier noche, pero no aquella.
—Jodido pinta el curro —murmuró mientras volvía a mirar la dichosa luz.
Y el tiempo pasaba. Y el semáforo continuaba en rojo de manera firme, obstinada. Sintió un escalofrío que le heló el pecho. Luego un nudo en la garganta. Más tarde, miedo en la piel.
—No cambia ¡Joder!—exclamó irritado.
Apretó el volante con sus manos ya inquieto.
Un par de golpes secos en la ventanilla del coche le hicieron saltar sobresaltado sobre el asiento.
—¿Qué pasa? ¡Joder!
Un mendigo con rostro antiguo, quebrado por el tiempo. Cicatrices en forma de arrugas. Una sonrisa con pinta de locura.
—¿Qué pasa? —preguntó de nuevo a voz en grito.
Y el hombre se hundió muy despacio sobre el cristal.
—¡No es el semáforo! —espetó mientras se alejaba señalándolo con su índice riendo de forma exagerada, grotesca.
Y una grieta se abrió muy adentro.
Alzó la mirada una vez más. El semáforo continuaba en rojo, duro, siniestro.
Y entonces entendió.
No, no era el semáforo el que le detenía. Era aquella decisión que no tomó, aquella frase que no dijo, aquella vida que no vivió.
Quitó el pie del freno. Intentó arrancar. El coche no se movió.
No, no era el semáforo. Simplemente ya no había razón.
Y el tiempo seguía pasando. O tal vez no.
El viejo mendigo desapreció entre tinieblas oscuras. La ciudad pareció esfumarse. Sólo una luz roja, un vehículo inmóvil… y él.
Y en la soledad, algo se mostró ante sí.
Aquello no era un alto en el camino. Aquel era el lugar que siempre le estuvo esperando, donde siempre estuvo llegando.








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